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En sus
nuevas obras Pía Ruggiu parece crear un compromiso entre las formas
de los lugares en los cuales vive su vocabulario artístico, así sus
esculturas se pueden apreciar como briznas y homenajes a Brancusi,
Burri o Moore.
La trayectoria que la ha portado a la forma tridimensional -ella que
ha iniciado de la pintura al oléo- ha sido lento lento pero
continuo: de una predilección por la superficie pictórica, que se ha
realizado siempre más perturbada, en concordancia con más tonos de
un prospectiva sincopata, dónde arriba al bajorelieve que, al
contrario, está expresado en composiciones bien moduladas dónde se
pierde la profundidad a favor de la calidad táctil sensorial de los
varios planos.
En esta fase, Pía Ruggiu se concentra también en el aspecto
colorístico:
El monocromo no es ausencia de color más sintesís, senda de una gama
minima de tonos, que en gran medida varían al sólo variar el
material usado, y he aquí que se concretiza la lección de Burri y se
consolida el enlace entre el artista y el paisaje que le circunda.
Si bien existe una característica diversidad entre las obras
pictóricas y aquellas esculpidas, no existe discrepancia en el
conjunto creado por Ruggiu; casi se figura que en la materia
pictórica, el artista busca y reproduce la repentina mutabilidad del
aire y del agua y, al contrario, en la escultura encuentra un
refugio seguro, sólido como la tierra firme después de un viaje en
un mar en tempestad.
Así la pintura, que se difunde sobre una sola dimensión, invita a
una visión que hace mover en manera velosísima la mirada; la
escultura, que por naturaleza obliga a una visíon completa, origina
una mirada envolvente y cariñosa que casi llega a la quietud.
Más sí por facilidad de lectura se ha dado un orden para el genéro
en la búsqueda del artista, ahora las varias fases coexisten: Pia
Ruggiu difumina y esculpe encontrando en estas prácticas una más
amplia y común oportunidad de expresión y conocimiento.
Josephine
Sassu
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